lunes, 29 de marzo de 2010

Legionarios, la aberración


Néstor Ojeda
Alberto Athié, ex sacerdote. Foto: Jesús Quintanar / Milenio
Esta semana salpicada de sangre terminó con una buena noticia: el Vaticano y los Legionarios de Cristo reconocieron la necesidad de remediar los casos de pederastia en la Iglesia y se disculparon por los crímenes sexuales del padre Marcial Maciel.
Estas noticias son el producto final de quienes tuvieron la valentía de alzar la voz, de aquellos que desde hace más de una década no se arredraron ante el poder de la Iglesia y del dinero; así como de los medios en todo el mundo que hicieron eco de las denuncias de las víctimas, entre los que destacan en México los entonces periodistas de La Jornada y CNI-40.
Ayer, en una entrevista en Radio 13, el ex sacerdote Alberto Athié —protagonista central de la denuncia del encubrimiento de los abusos sexuales perpetrados por ministros religiosos— habló del dolor que le acompañará toda la vida por haber sido testigo de la forma en que esa maquinaria de sometimiento, control y poder que son los Legionarios de Cristo, erigió el entramado que permitió a Marcial Maciel hacerse de vidas y haciendas para destruirlas con su ruindad, de la cual no se escaparon ni sus propios hijos.
Porque de eso se trata la historia de los crímenes sexuales dentro de la Iglesia, no es una campaña para enlodar a sacerdotes y obispos o para destruir al Vaticano; es la crónica de cómo gente creyente y bien intencionada entregó su fe, su fortuna y hasta a sus hijos al Regnum Christi que proclamaba Maciel y que terminaron siendo víctimas de un tránsfuga y un corruptor.
Ese es el gran delito —el gran pecado— de Maciel y todos los pederastas en la Iglesia: tomar la fe y confianza que otros ponen en sus manos para usarlos como medios de enajenamiento, con el fin de despojarlos de sus bienes, mancillar sus cuerpos y pisotear su dignidad.
Lo que han hecho estos monstruos no tiene nada que ver con Dios, la Iglesia o la fe. Sus crímenes denunciados por las víctimas, expuestos por los medios y hoy reconocidos por el Vaticano, son el retrato de una pandilla de negociantes ambiciosos, abusadores sexuales y encubridores interesados, que antes que recibir el perdón cristiano deben ser castigados con todo el peso de la ley. No podemos exigir menos.


Milenio
28 de marzo de 2010

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